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APRENDIENDO A SER |
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Hay muchos sentimientos naturales, implícitos en nuestra biología, y todos tienen su función en el desarrollo de una persona excepto los “sentimientos educacionales”, que solamente tienen una función “social” (que las personas los sientan solamente beneficia a los intereses de la sociedad, nunca benefician al individuo). Incluso los apegos son sentimientos naturales, también los animales desean poseer y guardan sus posesiones, los niños pequeños, desde muy temprano sienten inclinación por proteger “lo suyo” y por arrebatar lo que les gusta de los demás. Lo que llamamos en otro tema “los anhelos”, y dentro de esto se englobarían como partes diferentes del mismo problema: el deseo, la avaricia, el egoísmo, etc. La culpa es un sentimiento muy doloroso y muy poderoso. Es doloroso porque se relaciona directamente con el desamor. Cuando somos niños pequeños los sentimientos de culpa vienen inculcados gracias al poder devastador que tiene para los niños la amenaza de perder el amor de los padres. Siempre que se trata de inculcar la culpa en un niño se le trata con frialdad y desamor. Por eso mismo tiene poder, porque consigue que los niños actúen tal y como los padres desean. Para conservar el amor materno/paterno, interiorizan esa culpabilidad. A menudo a los padres no les interesan los motivos por los que un niño ha tenido cierta conducta, ni tan siquiera lo preguntan, ni lo paran a pensar. Lo único que les importa es que el niño se sienta culpable por ella, que sepa que “está mal” comportarse de ese modo. Creen (porque así se lo han trasmitido a ellos sus propios padres) que gracias a la culpa no volverán a comportarse de ese modo incorrecto, y una vez más, lo hacen por el bien de los chicos, buscando eliminar de sus vidas comportamientos que les van a dañar. Sin embargo, mi experiencia me dice que es un error, la culpa no permite modificar el comportamiento, lo enquista, actúa como tapón. Los sentimientos que hubo detrás de ese comportamiento no encuentran un oído que les escuche, y seguirán “molestando” hasta que alguien se haga cargo de ellos. Imaginemos que un niño está cansado y por esa razón se siente nervioso, no sabe cuáles son sus sentimientos ni como expresarlos, así que se desborda y acaba rompiendo un jarrón. Si se le inculca la culpa con reproches y expresiones que le demuestran desamor ese niño no sabrá nunca qué le ocurre, cada vez que esté cansado actuará del mismo o distinto modo, pero jamás podrá nombrar su cansancio, esto solamente podrá hacerlo cuando sea más mayor si sus padres, mediante una sincera escucha le han ayudado a nombrar durante muchas veces su cansancio mientras era pequeño. Observemos como, a menudo, los adultos cuando estamos cansados no logramos identificarlo, y solemos ponernos “de mal humor”, pagando nuestra ira con los seres queridos. ¿Puedes reconocer que a veces no sabes bien lo que tanto te exaspera de situaciones tan pequeñas o sin importancia? ¿Por qué entonces tenemos miedo a librarnos de la culpa? Precisamente como dice la frase inicial, porque tenemos miedo de sentirnos “inhumanos”, porque continuar con un mismo comportamiento dañino una vez tras otra sin sentir culpa nos haría sentir inhumanos. Y es cierto, aquellos que se comportan una y otra vez de forma dañina para los demás o para sí mismos, y no sienten culpa, se llaman “psicópatas”. ¿Qué les ocurre a los psicópatas? ¿Por qué no tienen sentimientos de culpa? Todos los psicópatas tienen graves traumas. No es que no tengan sentimientos de culpa o emociones de ningún tipo. Las tienen, por supuesto, pero no las escuchan, no pueden sentirlas. De algún modo las han bloqueado, porque permitirse sentir algo significaría abrir la puerta a aquellos traumas pasados. Todos los traumas van unidos a unos sentimientos muy intensos y dolorosos, bloqueando los sentimientos se bloquea el recuerdo que la persona no se ve capaz de superar. ¿Todo esto quiere decir que si no siento culpa actuaré como un psicópata? No, en absoluto. Ahí está el error. Por eso nos agarramos a la culpa, por eso en realidad no queremos dejar de sentir culpa, porque tenemos miedo de comportarnos como psicópatas. Pero eso no sucederá, porque no es la ausencia de culpa lo que hace a un psicópata, sino todo lo contrario, una culpa tan enorme, tan desproporcionada y tan brutal que para no morir por esa culpa se obligan a ignorarla. ¿Por qué tan frecuentemente nos sentimos incapaces de modificar nuestras conductas? Existen varias razones, pero principalmente POR LA CULPA Y LA VERGÜENZA. Cuando nos comportamos de un modo que nos trae consecuencias negativas a nosotros o a personas de nuestro entorno, lo natural sería observar las consecuencias y tras evaluarlas como no deseables o incorrectas, intentar observar qué mecanismos nos llevaron a comportarnos de ese modo, para la próxima vez elegir otra respuesta distinta. A esto le llamamos a menudo responsabilidad. La responsabilidad es el sentimiento natural y humano que se puede y debe potenciar con la educación, ayudando a los niños a que lo ejerciten. La responsabilidad implica admitir la autoría de nuestras acciones, a pesar de que esas acciones no nos agraden. Pero para que esto sea posible los niños no deben ser juzgados ni censurados de ningún modo, sino más bien contenidos por amor incondicional y respeto La responsabilidad es un motor que nos impulsa al aprendizaje, tras admitir que nuestros actos son nuestros, y evaluarlos como negativos, iniciamos el proceso de aprendizaje. Sin embargo la culpa no nos permite hacer este proceso (la vergüenza tampoco). No nos permite observar las consecuencias, o incluso atribuimos a otros la autoría de nuestros actos. Es natural, porque nos sentimos demasiado mal, deseamos que no haya sucedido, tratamos de olvidar que haya sucedido. De este modo si ni tan siquiera podemos observar lo ocurrido, mucho menos podemos indagar en lo que hemos sentido o lo que nos ha llevado a tener ese comportamiento. ¿Crees que se puede aprender algo de una situación que no te atreves a observar? ¿Te hicieron creer que la culpa te hace “evitar” comportamientos? Recuerda la última vez que te sentiste tan abrumado por la culpa o la vergüenza que no podías ni hablar de lo sucedido, que quisiste olvidarlo rápidamente ¿te ayudó eso en la siguiente ocasión? ¿Reconoces haber sentido alguna vez miedo de “no sentir” culpa? ¿Observas como, al ser indulgente y comprensivo contigo mismo, puedes sentirte responsable de tus actos y aprender de ellos? LA CULPA Y EL AUTOCASTIGO. De niños la culpa se suele reforzar con castigos, así es como “educamos” a los niños para que la próxima vez “se lo piensen bien” antes de volver a repetir un comportamiento. Y en caso de no existir castigo, lo más común es dejarlos solos ante el desconocimiento de lo que les llevó a cometer unos actos que ahora les traen tan dolorosas consecuencias. No les ayudamos ni acompañamos a poner nombre a lo que sintieron, no lo hacemos porque no sabemos hacerlo, nosotros mismos no podemos nombrar lo que nos ocurre, lo que nos empuja a comportarnos de forma dolorosa o dañina. Los adultos usamos a menudo el autocastigo (aunque también están las multas y la cárcel como ejemplos de castigos de la sociedad). Con el autocastigo reforzamos la culpa creyendo que así la próxima vez no cometeremos esos actos tan dolorosos. El autocastigo toma variadas formas, las más comunes consisten en odiarse a uno mismo y dirigirse frases de desprecio e insulto, o incluso amenazarse a uno mismo con la autoagresión (“soy un estúpido” “me pegaría un tiro” “ojala me muera”). Otras veces utilizamos a los demás de castigadores y nos humillamos implorando perdón, sentimos a menudo que una vez perdonados podemos ya olvidar lo sucedido, y así lo hacemos, enquistando la situación. ¿Observas de qué modo tú mismo u otras personas que conoces habéis usado la súplica del perdón y la humillación ante otros para acabar con el sentimiento de culpa? En estos casos, una vez perdonado ¿has indagado en lo que sucedió para no repetirlo? ¿O más bien ocurre, la mayoría de las veces, que al intentar hacer esto se “reaviva” la culpa y por eso no se acaba el proceso necesario para el cambio? ¿Reconoces en este patrón de respuesta la típica situación del maltratador que después aparece con gran remordimiento y culpa ante su víctima, humillado y abrumado prometiendo que jamás volverá a suceder? ¿qué crees que impide que esa persona cumpla lo prometido una y otra vez? LIBRARSE DE LA CULPA. Todo lo expuesto y reflexionado nos lleva a pensar que la solución para aprender de nuestros errores y no repetir comportamientos indeseables está en librarse de la culpa (entiéndase que englobo la vergüenza como hermanita pequeña de la culpa, que siempre van de la mano). Pues bien, esto no es tan sencillo, ni tampoco es algo que acabe con nuestros problemas. En primer lugar porque nadie puede dejar de sentir culpa aunque lo intente, aunque lo deseara, aunque venciera su miedo a ser una persona “malvada” o un psicópata. Y en segundo lugar porque para poder modificar los comportamientos que no deseamos, también tenemos que aprender a identificar lo que nos llevó a comportarnos así, y que son otra gran amplia gama de sentimientos que debemos ir mirando a la cara y conociendo poco a poco. Ejercitando la RESPONSABILIDAD. Entonces ¿qué hacer con la culpa? En eL curso de las emociones uno de los principales objetivos es vencer la culpa. Para ayudar a una introspección sincera sin juicios, se formulan preguntas personales que ayudan a visualizar dentro de uno mismo las emociones y sentimientos que se exponen en cada tema. Ejercitando la responsabilidad para que uno pueda observar sus comportamientos y reacciones sin sentirse abrumado por la culpa, entendiendo que es normal y común sentirse así. Además de forzarnos a recapacitar sobre cómo nos sentimos (lo cual aumenta la comprensión con nosotros mismos y hace que la culpa disminuya) también hay otro ejercicio muy importante y fundamental que debemos aprender a hacer: NOMBRAR LA CULPA. Cada vez que sintamos culpa debemos aprender a nombrarla como lo que es, y decir: AHORA SIENTO CULPA. Acto seguido mantener la observación en la culpa, sin tratar de huir de ella, comprender lo que intenta la culpa, lo que nos hace sentir… de qué modo nos impide aprender de nuestros errores, de qué modo nos autocastigamos, ¿qué nos provoca? ¿tenemos miedo de nosotros mismos? ¿nos hace creer que no somos normales? ¿nos angustia? ¿Qué tipo de autocastigos sueles utilizar contigo? ¿Cuáles son las situaciones más normales en las que sueles sentir culpa o vergüenza? LAS FORMAS DE LA CULPA Al final conservar la culpa nos “permite” enquistarnos en una situación que no nos agrada. Y la culpa se presenta de muy variadas formas. Supongamos que tenemos la idea de que deberíamos ser o comportarnos de tal o cual modo, algunos ejemplos: Una persona que es gorda cree que debería ser delgada, y siente culpa por ser gorda Una madre cree que ser madre es no necesitar nada más que a sus hijos para ser feliz y siente culpa por necesitar algo de tiempo para sí misma o por no poder disfrutar cuidando a sus hijos. Un padre cree que debería ser exitoso en su trabajo y ganar suficiente dinero para dar lo mejor a su familia y siente culpa por ser un albañil o un oficinista. Una persona cree que debería ser siempre amable y agradable con los demás y siente culpa por ser arisca. Esa culpa se enquista casi sin saberlo. Esa es una clase de culpa que nos acompaña siempre, y nos amarga de forma constante. Es una culpa que no podemos nombrar ni reconocer, porque no se esconde con pedir perdón a nadie, es una culpa que sentimos por no aceptarnos como somos, por creer que deberíamos ser de otra manera. A menudo la culpa en lugar de verla como propia, la proyectamos en los demás, considerando que la culpa es “de los demás”, haciéndonos estar en permanente cabreo con el mundo. El gordo culpará a la sociedad por haber creado estereotipos de personas esbeltas, tal vez culpará a la comida, pero muy en el fondo a quien se culpa es a sí mismo. La madre culpará a sus hijos, por no estarse calladitos, por no darle un rato para ella, pero en el fondo sentirá que la culpa es suya, por no ser “buena madre”. El padre culpará a sus jefes o incluso a sus padres por no haberle forzado a estudiar más… pero cada día, sin saberlo, está llamándose inútil a sí mismo, machacándose con culpas y juicios. El arisco culpará a todos los que le hacen perder los nervios, a lo que le exasperan… y dentro de sí mismo se verá como un amargado, una persona horrible, y se castigará por ello. Sin la culpa podrían mirarse a sí mismos y aceptarse como son, averiguar por qué son así y desde allí solucionar las situaciones como les haga sentirse mejor. Pero la culpa impide la visión sincera de uno mismo, profundizar en nuestro interior. El alcohólico siente una culpa atroz por beber, el fumador por fumar, y así cada conducta destructiva trae su culpa refortalecida que impide salir adelante. Cuanto más fuerte es la culpa más difícil es cambiar algo. La culpa, a veces muy oculta, tras disfraces variopintos, suele tener varios grados de intensidad y también de consciencia. En cuanto a la intensidad, una culpa pequeña puede ser más cercana a la “responsabilidad” que a la culpa, y en algunos casos puede ayudar a la persona a frenarle en actos dañinos. En el otro extremo, una culpa demasiado intensa suele anularse, pareciendo que la persona no tiene culpa, ni siquiera sentimientos de ningún tipo, como ya hemos comentado. En cuanto a la conciencia de la culpa, puede afirmarse que cuanto más consciente es una persona va elaborando la culpa de este modo: Una persona muy poco consciente y poco evolucionada culpa a los demás de las cosas que se suceden. Una persona que empieza a ser consciente se culpa a sí mismo más veces que a los demás. Una persona con gran trabajo de conciencia se culpa a sí mismo de muchas cosas, no culpa a los demás de nada y empieza a comprenderse a sí mismo y entender que en realidad tampoco es su culpa no saber hacer las cosas de otro modo. Finalmente deberíamos poder alcanzar el resultado de la plena conciencia en que no culpásemos a nadie, ni a los demás ni a nosotros mismos. ¿En qué grado de conciencia sobre la culpa consideras que estás en este momento? ¿Merece revisar si es positiva esa educación que damos a los niños basada en que se sientan culpables por aquello que han hecho “mal”? ¿No sería más conveniente dirigir la mirada siempre a las causas de los actos y después a las consecuencias? ¿No será más correcto enseñarles a comprender el por qué de sus impulsos sin sentirse mal, para poder elegir qué caminos tomar con libertad y responsabilidad?
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